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¿Soy diseñadora gráfica por hacer “dibujitos” en Illustrator y por editar con photoshop?

¿Soy pintora por pintar en lienzos con acrílicos?

¿Soy poeta por escribir unas cuantas poesías en un cuaderno que no dejo que nadie lea?

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Cómo transformar tus pesadillas y no morir en el intento

“Comprenderás que en un lugar de sueños tenga a veces pesadillas”, dijo Silvina Ocampo, mujer maravilla de la literatura.

Cuando levanto la cabeza un día de sol y miro hacia arriba, puedo soñar mientras camino. Puedo viajar. Aunque solo por unos minutos.

Qué pesadilla ver la realidad.

Cuando soy egoísta y pienso en mi futuro, porque ansiosa y ambiciosa no son una buena combinación, a veces se me corta la respiración y me es difícil explicarme a mi misma todo lo que quiero. Todo lo que sueño. Todo lo que anhelo.

Esas veces me da pánico. Me da miedo. He aquí mis pesadillas: que nada salga como lo planeo. Porque vivo soñando pero la realidad es otra. Pero, ¿por qué no creer que un día mi realidad en serio puede cambiar? De hecho, lo creo. Casi todo lo que hago hoy es para que en mi futuro mis sueños “se hagan realidad”. Pero claro, existe el pánico de que no sé que puede llegar a pasar mañana o en unas horas.

Además, absolutamente todo el mundo se encarga de pincharme el globo, de tirarme hacia abajo, de “hacerme ver la realidad”. (Como si no fuese suficiente la voz interna en mi cabeza que me lo dice todos los días).

En realidad, yo creo que también tienen miedo de que su vida no sea lo que esperan, de no poder transformar sus pesadillas.

Así que vos soñá. ¿Vas a tener pesadillas? Sí. Mucho más en esta realidad, en la que no tenemos tanta oportunidad. Pero soñá. ¿Qué te importa? Si haces cosas por y para lo que vos quieras, no estas perdiendo el tiempo, estas queriendo cambiar tu realidad. Pero si soñás, hacelo en grande eh. No te achiques. Porque la realidad es una mierda pero si pensás en que no podes cambiar tu realidad, abandoná y dejá la ambición.

Y si no sos ambiciosx: QUÉ SUERTE. El gran “quién pudiera”.

Soña en alto, pero en silencio. No lo digas en voz alta.

Transformá tus pesadillas. Vos sos quien sueña, vos manejas tus sueños, vos decidís qué soñar.

Suerte.

 

 

Escena de lectura

Sentada en el sillón de la galería de mi casa, en el verano bonaerense del 2014, pasada la media noche, abría el libro que me había comprado en invierno con mi mejor amiga. Me había rehusado a leerlo porque no estaba segura de si me iba a gustar. Me lo compré pensando en que era un poco comercial, en que el nombre era lindo y en que la historia era un clásico morboso que una adolescente de 16 años no podía dejar de leer.

Como siempre, porque la ansiedad es más fuerte que yo y lo hago con cada novela medianamente larga que leo, empecé leyendo el epílogo. En este caso llamado “Acerca de un libro titulado «Lolita»”. Al terminarlo me interesé: volví al inicio y empecé a leer el prólogo del autor bajo una personalidad falsa. Seguí con la primera parte: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío”.

Antes de leer la segunda parte hice una pausa. Mire el reloj y eran las 3 de la mañana, pero no tenía planeado irme a dormir ni mucho menos dejar la historia por la mitad. Estuve un rato pensando en qué pasaría en lo que faltaba, en que Lolita y Humbert Humbert tenían que estar juntos. ¿Cómo? ¿Que una nena de 12 años tenía que mantener una relación con un hombre de mediana edad? Sí. Vladmir Nabokov me había manipulado a tal punto. Me volví loca cuando me di cuenta de todo en eso en 20 minutos mientras miraba a la nada misma –el fuego de la antorcha con citronella que estaba en la mesa para ahuyentar mosquitos– y escuchaba a los grillos y a algún que otro búho.

La segunda parte del libro la leí despectivamente, pero pensando en que Nabokov era tan astuto como psicópata. Eran las 7 de la mañana cuando terminé la segunda parte y volví a leer el epílogo. Me pude dormir recién a las 9. No sólo había sido manipulada mentalmente, si no también que el morbo en varios momentos me pareció bello y hasta excitante.

Hasta el día de hoy, por más de que sólo tengo 20 años, con todas las novelas y cuentos que leí, no hubo autor que me haya manipulado tanto como él.

Agusta

Por su pelo castaño claro, ondulado hasta los hombros y su sonrisa grande, se puede distinguir a Agustina Ferro, Agus para algunos amigos y conocidos, o Agusta para su mamá y amigos más íntimos. De afuera parece una chica tímida, pero es hasta que se suelta y empieza a hablarte de astrología. Ella es de Aries y necesita saber las cartas natales de todas las personas de quienes se rodea. Tiene 20 años, estudia Diseño Gráfico en FADU. Le encanta pintar  con acuarelas y escribir diarios desde niña.

Aunque parece vergonzosa y callada, comenta que se siente mejor desde que trabaja “porque hablo con más gente, soy más agradable, el trabajo me hizo crecer mucho en ese aspecto, me ayudó a desenvolverme socialmente”.

Escucha más música antigua que moderna, aunque en su preadolescencia fue fanática de Justin Bieber, su familia le inculcó la buena música. “Lo primero que se me ocurre cuando me decís Agustina, es David Bowie”, cuenta Iván, uno de sus mejores amigos, con quien fue al funeral simbólico del cantante en Argentina, cuando falleció en 2016. Actualmente, desde que fue a ver Bohemian Rapsody, la película de Freddie Mercury, no deja de escuchar Queen y derivados de los setenta.

Sus gustos por la música y por las obras audiovisuales van de la mano. Por un lado, le encanta Stranger Things por el estilo que maneja la serie, la vestimenta y la musicalización ochentosa. Pero por otro, su serie favorita es How I Met Your Mother; le fascinan las sitcoms, “porque muestran cómo evolucionan personas que viven la etapa, aproximadamente, desde los 20 hasta los 30, que es en la que me encuentro. Muestran las decisiones cotidianas de la vida: el amor, la amistad, el trabajo”, explica sonriendo. Además, es fan de la serie de películas Star Wars; cada año lleva a su hermano Joaquín a ver la última que salió.

El año pasado Agustina estuvo de novia con un fotógrafo de Géminis. Estuvo enamorada hasta que él se fue a vivir a Barcelona. “Quiero enamorarme otra vez de alguien, si es posible de otro geminiano –comenta riendo–. Aunque no tengo tiempo por el trabajo y la carrera. Estoy muy enfocada en mis estudios. Cuando me reciba quiero trabajar en una empresa de marketing. Me gusta el diseño gráfico porque puede generar un impacto a nivel social, me gustaría poder llamar la atención de la gente con algún trabajo”.

Es muy familiera y valora mucho sus amistades. Un viernes no es un viernes si no se junta con sus mejores amigas a comer y/o a ver una película. María, su mejor amiga, dice que es la persona que más energía positiva le influye en su vida. Siempre está intentando levantar el ánimo de sus amigos. Entre los adjetivos principales que usan para describirla sus mejores amigos se encuentran generosa y muy compañera.

Una “selfie” en el Café Tortoni

Diez de la mañana, cielo nublado, día gris. Entre Tacuarí y Piedras, sobre Avenida de Mayo, “gracias”, me dice un turista con mala pronunciación al salir del Café Tortoni, mientras le sostengo la puerta. En el interior se respira un aire mitad parisino, mitad porteño; se huele café y mezcla de perfumes. Se aprecia un techo vitraux y lámparas tiffany, pero las que iluminan el bar son unas cuantas arañas antiguas. Además de espejos, retratos de figuras icónicas cubren las paredes.

Al lado de la puerta principal, un cristalero exhibe fotos de personajes históricos en el bar. Al otro lado, una pequeña galería. En otro cristalero, en frente del rincón donde se venden recuerdos, se muestran antigüedades del lugar: una tetera dorada, un diploma del aniversario por los 150 años cumplidos en el 2008, una revista Caras y Caretas y libros que muestran, tal vez, al Buenos Aires mítico de Borges.

En la mesa Emilia Bertolé se encuentra una muchacha sola, tomando vino blanco y leyendo un libro. De apariencia joven y con un estilo francés, agarra la copa, toma un sorbo y la vuelve a dejar sobre la mesa de mármol de carrara. Aparta su mirada del libro, le hace seña al mozo para que le lleve la cuenta. No sabemos su nacionalidad. Sería mitad parisina, mitad porteña.

Una fotógrafa sueca, que trabaja con turistas recorriendo países, está por primera vez en Argentina. Su esposo se queda tomando un café; ella se abriga y sale con su cámara. Vino a conocer para tener una visión previa, así cuando vuelva el mes que viene con extranjeros de Portugal, podrá mostrarles la ciudad. “Me conmueve mucho cómo cuidan y quieren tanto su historia y sus lugares históricos, como este”, comenta. Llegó ayer, y hoy ya está encantada con todo lo que conoció. Casualmente se llama Eva, y dice: “En mi familia me dicen Evita cariñosamente”. También está entusiasmada por aprender a bailar tango e ir a una milonga. Le emociona cómo al argentino le importa tanto su patrimonio cultural.

En la mesa que está debajo del retrato de Gardel, hay una familia canadiense. Discuten si es más lindo este bar o La Biela. El padre considera que este “mantiene su decoración original” y que eso lo hace más llamativo. Una de sus hijas, de aproximadamente seis años, dice que la leche con chocolate “estaba más rica en el otro”. Llegaron el lunes, es su primera vez en Buenos Aires. Recorrieron museos y lugares históricos. “Nos dijeron que tuviéramos cuidado con la inseguridad  pero no tuvimos ningún inconveniente, nos encontramos con gente muy gentil”, comenta Catherine, la madre de las dos nenas. El domingo viajarán hacia Bariloche.

Además de voces en francés, inglés, portugués, y algunas en español, se escucha la máquina de café. Los mozos visten pantalón de vestir, delantal, camisa, chaleco y saco. Observando eso y la decoración mencionada, empecé a trasladarme a un Buenos Aires de 1940, pero de repente veo a una chica que se saca una “selfie” y me acuerdo de que estoy en 2018. El reloj ubicado arriba del cartel de la Sala Cesar Tiempo marca las once y cuarto. “Los amigos del Tortoni” me despiden otra vez.

“Todo parece indicar que estamos en otra época, exceptuando ropas y una chica que se saca una selfie

Mira esta fusión

Selfie y el Café Tortoni

Reloj de la sala Cesar Tiempo marca la hora

Once y cuarto

Pido la cuenta

Salgo a la realidad

Que tristeza me da

Volver al dólar y a la humedad

Vuelvo por Avenida de Mayo”.

Mañana

Guárdenmelo para mañana

Viven gran parte de su tiempo posponiendo cosas. Tareas, obligaciones, materias, comidas, reuniones, conversaciones, discusiones, momentos. No estoy segura de si lo quieren dejar para mañana porque tienen que hacer otra cosa o porque están cansados, o simplemente porque no quieren hacerlo hoy.

Hoy no, mañana llamo

Pero son cosas que van a ocurrir tarde o temprano. Las van a tener que hacer en algún momento. Ellos no lo entienden, pobres.

Vení mañana, quizás esté

No estoy segura, tampoco, de si dejan todo para mañana porque no quieren que suceda. Entonces lo posponen, lo posponen, lo posponen, y en vez de despertarse a las 7 (cuando sonó por primera vez), se despiertan a las 11, dejando todo para después.

Mañana voy a querer

El problema es que ellos son conscientes de lo que genera que todo se atrase, que todo se posponga. La gente cambia de una hora a la otra. Los pensamientos vuelan y las actitudes suceden. Si el tiempo pasa, todo se pospone, se acumula, y cambia.

Mañana será mejor

Lo que quiero decirles, es que ellos no dejan todo para mañana y lo hacen mañana. Mañana ellos lo van a dejar para el otro mañana, y después para el día después del otro mañana, y así.

Mañana empiezo

Pero cuando sucede, anda a saber qué sucede. Aunque de una cosa están seguros: lo que sucede, es lo único que podía haber sucedido.

Intenta mañana, pero sólo si estas seguro

de que intentaste hoy

Porque mañana no sabes si va a haber, si va a estar, si va a funcionar, si va a querer, si vas a ser la misma persona o si en la esquina va a seguir el árbol que esta hoy desde hace 23 años.

Mañana puede ser tarde

¿No será que estoy confundido? ¿No será que guardan esperanzas en el mañana?

El mañana es el hogar de sus miedos y de sus sueños.

Bueno, hagan lo que yo digo y no lo que yo hago:

no esperen a mañana.

La no indiferencia (un flash a lo Black Mirror)

-Bueno, le voy a contar, señora:

Fue por la mañana, Rodolfo ya me había despertado a las cinco, cuando se pasó de su cama hacia la nuestra. Como todavía no cumplió seis años se lo permitimos. Los doctores nos dijeron que hasta los cinco años inclusive no había problema con que sienta ganas de dormir con sus progenitores. Lo cierto es que a mi no me molesta. En realidad, me gusta que se acueste en el medio y que me quiera abrazar, pero por supuesto eso no se dice.

Seguí intentando dormir hasta las siete y cuando sonó el timbre nos levantamos todos. Llegamos a la cocina y Tristán estaba sirviendo el desayuno que la maquina había preparado. Carlo sirvió el café y yo fui a abrir la ventana negra para ver el clima.

Había un sol espléndido y como había amanecido hacía un rato, abrí las ventanas por completo. La cocina se iluminó con un sol cálido de la estación 3. A todos nos cegó un poco. Vio que cuando uno se levanta, de ver tanta oscuridad a ver tanta claridad de golpe afecta fuertemente a los órganos visuales. Cuando nos acostumbramos a tal luz natural, desayunamos. Vedra no quería tomar su leche y lloraba mucho. Cuando Carlo terminó de desayunar se fue a vestir, seguido de él fueron Tristán y Rodolfo. Me quedé sola con Vedra y como ella no paraba de llorar y yo también tenía que ir a vestirme recurrí a una especie de arma que calma a los bebés. Sé que se va a enojar, señora, pero una compañera del trabajo un día me vio muy cansada, me dijo que eso funcionaba y quise intentarlo. La levante y la mecí en mis brazos, y fue de un momento a otro que se calmó. Intenté sentarla de vuelta pero en cuanto la alejé un poco de mi empezó a gritar de vuelta, entonces la sostuve un tiempo más, moviéndome despacio de un lado a otro. Estuve así unos diez minutos, y como no me molestaba (en realidad me gustaba), quise dejarla directamente dormida para ahorrarle tiempo a Tristán antes de ir al colegio. En un momento, mientras iba de un lado a otro, sin querer me di vuelta y me quede mirando hacia la ventana, y fue ahí cuando leí en la pared de la Torre Z esa palabra. Como no sabía lo que significaba, la memoricé para en algún momento buscar su significado.

Después de ese momento la bebé se durmió y la acosté en su cuna eléctrica.

-¿Y por qué no la acostó en su cuna antes para que deje de llorar? Para eso fueron creadas.

-Sinceramente señora, no lo sé. Por favor déjeme seguir así no hay malos entendidos.

-Continúe.

-La acosté y me fui a vestir rápido para irme al trabajo. Carlo y yo trabajamos en el edificio F5, que está a 15 minutos de nuestra Torre. Tristán y Rodolfo ya se habían ido en el tren escolar. Cuando bajé, Carlo me estaba esperando para irnos porque tenemos que entrar juntos al trabajo.

En un descanso, en el momento del almuerzo, le pregunté a mi compañera si sabía dónde podía buscar significados de palabras. Me preguntó cuál palabra era y cuando se la deletreé me dijo que nunca la había escuchado pero que vaya a la sala de computadoras, y que por las dudas ponga un código, que es un conjunto de letras y números que ella me dio, para que no se registre la búsqueda por si la palabra no estaba permitida.

Escribí en el buscador a, eme, o, erre, y empezó a sonar una alarma. Llegué a leer un poco pero todavía no sé qué es, creo que es algo que uno comparte con otra persona pero no llegué a ver fotos del objeto. Los hombres de seguridad entraron gritando y me maltrataron para agarrarme, yo no entendía nada y empecé a gritar porque tenia miedo. Me subieron a una camioneta negra y aquí estoy hablando con usted.

-La van a llevar a la C37.

Me llevaron a una habitación oscura donde nunca pude ver nada.

Perdí la noción del tiempo.

No sé si estoy viva o si ya morí. No sé quien habla dentro de mi. No sé quién soy. 

Ahora soy la única en mi oscuridad que decide si el fuego aún arde en mi interior. 

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