La vereda de Ayacucho

De repente se dio vuelta y me desconectó de todo lo que me estaba pasando. Desde que me di cuenta que era él, todo lo que estaba pensando se borró de mi cabeza y nada me importó. Podría haber habido un terremoto y aún así solo me hubiera importado que lo había vuelto a ver.

Cuando me vine a vivir a Capital Federal, en el ’96, pensé que nunca más iba a ver a alguno de ellos.

En realidad, se le habían caído unas monedas. Tal vez fue una casualidad. Aunque mucho no creo en ellas, en ese momento quería creer que lo era. Me llamó la atención: ¿quién lleva tantas monedas encima?, además hoy, que ni un billete de dos pesos sirve de algo. Se le cayeron y se dio vuelta para después agacharse a levantar las que se le habían caído uno o dos metros más atrás. Yo estaba más lejos, pero tengo una excelente vista. Lo vi ahí, en la vereda de Ayacucho, casi llegando a Lavalle. Lo reconocí por su cara peculiar: es de esas personas que no se le encuentran parecidos. Nadie se le parece y él no se parece a nadie.

Yo me acercaba y él seguía recogiendo sus monedas. Pensé en agacharme a ayudarlo y hacerme la sorprendida cuando lo mirara a la cara, o hacerme la que no sabía quien era hasta unos segundos después de mirarnos fijamente. Entonces al llegar -me di cuenta que era el hombre del que hacia unas cuadras atrás había pensado en qué feos eran sus zapatos marrones- me agaché, recogí cuatro monedas que estaban mas atrás de él, me levanté y se las acerqué hasta donde estaba. Me miró rápidamente, las agarró y me agradeció. No, no se dio cuenta de que era yo. En realidad, pensándolo bien, no sé si me miró, creo que ni rápidamente me miró. Me parece que levantó la mirada nada más. Me quede parada unos segundos hasta que se levantó y antes de que llegue a mirarme, me di vuelta y seguí caminando. Doblé en Lavalle para ir al estudio.

Unos minutos después, todo lo que tenía en mi cabeza volvió, y todo me volvió a importar.

Creo que esa noche mientras cenaba con mi esposo pensé en él. Pero después, que yo recuerde, hasta hoy, no. Solo sé que camina cerca de donde tengo el estudio. Si me lo llego a encontrar de vuelta, les cuento.

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