Una “selfie” en el Café Tortoni

Diez de la mañana, cielo nublado, día gris. Entre Tacuarí y Piedras, sobre Avenida de Mayo, “gracias”, me dice un turista con mala pronunciación al salir del Café Tortoni, mientras le sostengo la puerta. En el interior se respira un aire mitad parisino, mitad porteño; se huele café y mezcla de perfumes. Se aprecia un techo vitraux y lámparas tiffany, pero las que iluminan el bar son unas cuantas arañas antiguas. Además de espejos, retratos de figuras icónicas cubren las paredes.

Al lado de la puerta principal, un cristalero exhibe fotos de personajes históricos en el bar. Al otro lado, una pequeña galería. En otro cristalero, en frente del rincón donde se venden recuerdos, se muestran antigüedades del lugar: una tetera dorada, un diploma del aniversario por los 150 años cumplidos en el 2008, una revista Caras y Caretas y libros que muestran, tal vez, al Buenos Aires mítico de Borges.

En la mesa Emilia Bertolé se encuentra una muchacha sola, tomando vino blanco y leyendo un libro. De apariencia joven y con un estilo francés, agarra la copa, toma un sorbo y la vuelve a dejar sobre la mesa de mármol de carrara. Aparta su mirada del libro, le hace seña al mozo para que le lleve la cuenta. No sabemos su nacionalidad. Sería mitad parisina, mitad porteña.

Una fotógrafa sueca, que trabaja con turistas recorriendo países, está por primera vez en Argentina. Su esposo se queda tomando un café; ella se abriga y sale con su cámara. Vino a conocer para tener una visión previa, así cuando vuelva el mes que viene con extranjeros de Portugal, podrá mostrarles la ciudad. “Me conmueve mucho cómo cuidan y quieren tanto su historia y sus lugares históricos, como este”, comenta. Llegó ayer, y hoy ya está encantada con todo lo que conoció. Casualmente se llama Eva, y dice: “En mi familia me dicen Evita cariñosamente”. También está entusiasmada por aprender a bailar tango e ir a una milonga. Le emociona cómo al argentino le importa tanto su patrimonio cultural.

En la mesa que está debajo del retrato de Gardel, hay una familia canadiense. Discuten si es más lindo este bar o La Biela. El padre considera que este “mantiene su decoración original” y que eso lo hace más llamativo. Una de sus hijas, de aproximadamente seis años, dice que la leche con chocolate “estaba más rica en el otro”. Llegaron el lunes, es su primera vez en Buenos Aires. Recorrieron museos y lugares históricos. “Nos dijeron que tuviéramos cuidado con la inseguridad  pero no tuvimos ningún inconveniente, nos encontramos con gente muy gentil”, comenta Catherine, la madre de las dos nenas. El domingo viajarán hacia Bariloche.

Además de voces en francés, inglés, portugués, y algunas en español, se escucha la máquina de café. Los mozos visten pantalón de vestir, delantal, camisa, chaleco y saco. Observando eso y la decoración mencionada, empecé a trasladarme a un Buenos Aires de 1940, pero de repente veo a una chica que se saca una “selfie” y me acuerdo de que estoy en 2018. El reloj ubicado arriba del cartel de la Sala Cesar Tiempo marca las once y cuarto. “Los amigos del Tortoni” me despiden otra vez.

“Todo parece indicar que estamos en otra época, exceptuando ropas y una chica que se saca una selfie

Mira esta fusión

Selfie y el Café Tortoni

Reloj de la sala Cesar Tiempo marca la hora

Once y cuarto

Pido la cuenta

Salgo a la realidad

Que tristeza me da

Volver al dólar y a la humedad

Vuelvo por Avenida de Mayo”.

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