Crónica de un desfile -no tan- público en la calle

Una hora y media antes de la hora citada, estoy parada viendo toda la organización y sacando algunas fotos.

Las modelos practican la pasada final, a la cual en el desfile se sumará la diseñadora. Los fotógrafos se organizan al final de la pasarela para captar los mejores ángulos, la prensa se posiciona sobre la vereda y las organizadoras acomodan unas sillas blancas de madera en filas y les pegan un papel que dice “RESERVADO” y debajo un nombre. “Rosella della Giovanpaola”, “Guillermina Valdez”, “Florencia Torrente”, “Marcela Kloosterboer”, “Claudia Fontan”, “Agustina Casanova”, entre otras amigas de la diseñadora. Los iluminadores prueban los focos de luz prendiendo y apagándolos. El DJ empieza a musicalizar lo que es la previa del desfile y la Avenida Alvear entre Ayacucho y Adolfo Bioy Casares empieza a llenarse de gente.

Aparecen de a poco algunas caras conocidas, algunas de las amigas de la empresaria, y los fotógrafos les sacan fotos, unas con otras, otras con otras y otras con otras.

Cuando termina el atardecer ya están todos acomodados en sus asientos (aunque sigue habiendo gente parada porque concurrió más gente de la esperada). Empieza a sonar una música chill out y una modelo viene caminando desde Bioy Casares y por la pasarela preparada sobre el asfalto, luce un vestido rojo de la colección primavera-verano 2018 de Evangelina Bomparola. Pasan 33 modelos más exhibiendo otras prendas de la nueva colección. Al final, desfila la diseñadora con las modelos y saludan mirando hacia el público. Las modelos se van, entran a los camarines y la diseñadora empieza a saludar y a sacarse fotos con sus amigas, con caras conocidas, y con otras caras que conocían a otras, y otras caras que conocían a otras.

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Veo

A veces veo una calle oscura que me asusta. En realidad la calle está iluminada, en la vereda hay postes de luz, pero la noche es la oscura.

Veo negocios cerrados, portones, puertas, persianas bajas.

Cuando estoy desde arriba, veo terrazas y balcones. También veo árboles; a veces con hojas y a veces pelados.

Veo cables, muchos cables de electricidad. Postes de semáforo, autos estacionados.

Pocas veces veo personas. Me aterra ver personas: me dejan preocupada. Prefiero no verlas, pero cuando las veo nada más pienso en que llegan a salvo a su destino.

Cada tanto veo autos o colectivos andar, y a veces, dependiendo el horario, escucho al tren pasar. Odio ver motos ruidosas que interrumpen el calmo y aterrador silencio.

Cuando hay viento veo las ramas u hojas moverse.

Las ventanas están siempre con la luz apagada, pero cuando veo que una se prende o cuando la luz ya está prendida me pregunto quién estará despierto o qué estará haciendo.

Veo muchas cosas. Me gustaría no ver lo que no quiero ver.

Sueño

Me desperté en una habitación que desconocía. Me levanté de una cama que tenía sabanas blancas y me asomé a la ventana: una pared de ladrillos alta. No podía ver qué había del otro lado, y cuando miré hacia abajo me mareé. Estaba en el piso de un edificio muy alto. Asomándome un poco más pude ver algo del edificio. Eran muchas ventanas iguales a las de la habitación en la que me encontraba.

Me volví hacia adentro y caminé por la habitación buscando. No sé realmente qué buscaba, pero lo que encontré fue un baño en el cual todo era blanco, los azulejos de las paredes y del piso, el lavatorio de pie y el inodoro. Me lavé la cara y tomé agua de la canilla. No había espejo. Cuando salí encontré otra puerta.

Un pasillo con piso de alfombra color gris y otras puertas iguales a la que acaba de abrir.

Estaba desesperada, no sabía quién era, dónde estaba, ni qué hacía ahí.

Al final del pasillo vi una puerta doble, negra y grande. Caminé hacia ella y cuando la abrí había muchas personas, como esperándome.

Me desperté.    

La vereda de Ayacucho

De repente se dio vuelta y me desconectó de todo lo que me estaba pasando. Desde que me di cuenta que era él, todo lo que estaba pensando se borró de mi cabeza y nada me importó. Podría haber habido un terremoto y aún así solo me hubiera importado que lo había vuelto a ver.

Cuando me vine a vivir a Capital Federal, en el ’96, pensé que nunca más iba a ver a alguno de ellos.

En realidad, se le habían caído unas monedas. Tal vez fue una casualidad. Aunque mucho no creo en ellas, en ese momento quería creer que lo era. Me llamó la atención: ¿quién lleva tantas monedas encima?, además hoy, que ni un billete de dos pesos sirve de algo. Se le cayeron y se dio vuelta para después agacharse a levantar las que se le habían caído uno o dos metros más atrás. Yo estaba más lejos, pero tengo una excelente vista. Lo vi ahí, en la vereda de Ayacucho, casi llegando a Lavalle. Lo reconocí por su cara peculiar: es de esas personas que no se le encuentran parecidos. Nadie se le parece y él no se parece a nadie.

Yo me acercaba y él seguía recogiendo sus monedas. Pensé en agacharme a ayudarlo y hacerme la sorprendida cuando lo mirara a la cara, o hacerme la que no sabía quien era hasta unos segundos después de mirarnos fijamente. Entonces al llegar -me di cuenta que era el hombre del que hacia unas cuadras atrás había pensado en qué feos eran sus zapatos marrones- me agaché, recogí cuatro monedas que estaban mas atrás de él, me levanté y se las acerqué hasta donde estaba. Me miró rápidamente, las agarró y me agradeció. No, no se dio cuenta de que era yo. En realidad, pensándolo bien, no sé si me miró, creo que ni rápidamente me miró. Me parece que levantó la mirada nada más. Me quede parada unos segundos hasta que se levantó y antes de que llegue a mirarme, me di vuelta y seguí caminando. Doblé en Lavalle para ir al estudio.

Unos minutos después, todo lo que tenía en mi cabeza volvió, y todo me volvió a importar.

Creo que esa noche mientras cenaba con mi esposo pensé en él. Pero después, que yo recuerde, hasta hoy, no. Solo sé que camina cerca de donde tengo el estudio. Si me lo llego a encontrar de vuelta, les cuento.

39, 3

Lunes, 10 de Mayo, 19:00 HS. Avenida Sta. Fe. Estoy sentado en el colectivo 39, línea 3, esa que pasa por Plaza Serrano. Escucho su voz que va subiendo de tono a medida que se va acercando y subiendo al colectivo. La veo pasar y se sienta un asiento mas adelante del mío. No me ve. Está con alguien mas… Este muchacho se sienta en un lugar un poco más abajo de mi asiento, porque estoy en un asiento individual, de espaldas al asiento del colectivero. Siguen conversando y cada tanto se ríen, pero nunca dejan de sonreírse. La veo feliz. Definitivamente ya no piensa en mi.

Una lágrima roza mi mejilla pero la limpio y nadie se da cuenta, sólo una chica desconocida que está parada en frente mío y me mira de reojo. 

El hombre que está sentado junto a ella, del lado de la ventana, se baja en Avenida Coronel Diaz, y el hombre que estaba sentado a mi lado se sienta al suyo. Quiero bajarme, pero implicaría caminar unas 30 cuadras, así que en silencio, sigo sufriendo y esperando a llegar a mi destino.

Puedo ver como él le pasa un brazo a su al rededor para abrazarla. No aguanto más, estoy cinco cuadras de llegar. Honduras y Gascón, me bajo. La vi feliz, así que hay alguna parte de mi corazón que también lo está. Espero que siga bien. Sigo caminando por Honduras.